Los recuerdos siempre vuelven, o eso dicen. Regresan,
resurgen, se te meten en la cabeza y no te dejan pensar. Te nublan la vista y
te impiden ver claro lo que tienes en frente.
Hoy me sumo a las más de un millón de adolescentes que
suspiran por amores imposibles. Se me ha corrido el rímel y estoy mucho más fea
de lo normal.
He decidido ir al médico a que me recete un buen insecticida
para la colonia de mariposas que tengo en el estómago y se ha reído en mi cara,
como si la mariposa la tuviese en la cara o mi problema no fuese serio.
Capullo.
Los días van pasando en el calendario mientras opto por la
espera, sin embargo el cosquilleo no desaparece y la desesperación va a más.
Empiezo a soñar y me dejo llevar por tus suaves caricias y tus largos
silencios, las miradas eternas y las lágrimas finitas, pero un huracán de
mariposas me saca del trance en que estaba sumida y me devuelve a la realidad
en la que nada de nosotros existe. En que las caricias son prácticamente
inexistentes, las miradas perpetuas se consumen fugazmente, las lágrimas brotan
sin temor ni compasión y los silencios largos donde no hacían falta más que dos
ojos se acortan hasta borrarse de nuestra historia.
Y ahora es cuando se supone que caigo rendida a tus pies,
pido que estés conmigo y rezó un millón de suplicas al destino porque nos una
una vez más; porque no me haga más suspirar.
No obstante mis instancias son en vano y el universo hace
oídos sordos a mis palabras.
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