domingo, 25 de noviembre de 2012

Voy a comprar piruletas y no quedan, voy a buscar tu sonrisa y ya no está.


La comparación es pésima, sin embargo lo cierto es que se parecen.
Ayer estuve pensando en que pasaría si se acabasen las piruletas, si ya nadie quisiera hacer más y las tiendas de golosinas entraran en bancarrota, si no hubiese ninguna persona que las echará en falta, si simplemente no existieran. ¿Cómo sería el mundo sin piruletas? No habría lenguas azules, ni piruletas de plástico con un millón de piruletas dentro. No habría más caramelos en forma de corazón, ni corazones rotos en miles de pedazos rojos como el carmín. Nos tendríamos que conformar con el chupa chup, con su aburrida forma redonda y sus pastosos chicles dentro.
Ayer estuve pensando en que pasaría si se acabasen las piruletas y me entró un pavor enorme al pensar en no comer nunca ni una más. Pensé en si se acabara algo tan simple y único, tan tonto y dulce, algo que no parece tener importancia. Hoy tengo una caja con veinte que poco a poco acabarán por terminarse; lástima que no sean eternas.
Ayer estuve pensando en que pasaría si no te hubiese conocido. Ayer creía que hubiese sido horrible no pensar en ti, no saber de tu sonrisa ni de tu felicidad, no saber de tus bobadas. ¿Y si nada de lo que vivimos es cierto? ¿Y si nos despertamos sin haber vivido nada? ¿Sin nunca habernos conocido? ¿Sin haber compartido ni una mirada furtiva?
Ayer me acosté con dolor de cabeza, con demasiadas piruletas en la cabeza que se hacían pilas interminables unas encima de otras. Con demasiadas sonrisas cansadas que se desvanecían en mis sueños.
Hoy me he levantado y me he comido una piruleta. No he querido lavarme los dientes ni maquillarme, no he estudiado ni hecho los deberes, simplemente he disfrutado de un placer increíble, un placer que no me arrepiento de conocer, un placer que me alegro de vivir día a día; un placer como el de verte sonreír, un placer dulce y vicioso.